¿Algún día seremos felices? PATRICIA MAY
La búsqueda de la felicidad es una constante en la vida humana. Y, al parecer, mientras más la buscamos, más esquiva se nos vuelve. Puesto que buscarla es suponer que no está, vivimos poniendo el énfasis sobre nuestras carencias. Sobre todo aquello que hipotéticamente nos falta para llegar a ser felices. Esta búsqueda nos lleva a vivir en la ansiedad y en el deseo, deseo de poseer, deseo de alcanzar y cuando aquello llega, vivimos en el miedo de perderlo... y seguimos insatisfechos.
La persecución de la felicidad nos lleva a un permanente estado de inquietud y desvalorización de lo que está siendo nuestra vida en este momento, a una atención constante sobre el futuro, sobre lo que vendrá después, sobre el logro, dejando de atender al ahora, al proceso, al disfrute del momento.
Seré feliz cuando... tenga un auto, me case, consiga ese trabajo, obtenga el posgrado, los niños crezcan. Pero, cuando eso llega, ya estamos situados en otra felicidad hipotética, esperando, siempre esperando alcanzar ese momento idílico en que estaremos completos. Lo triste es que podemos llegar al final de nuestra vida física así y darnos cuenta de cuán poco realmente vivimos, de cuán poco valoramos los regalos que cada día nos dio la vida.
Nuestra cultura de consumo nos ha convencido de que necesitamos agregar mucho a lo que tenemos para alcanzar la felicidad. Agregar cosas, experiencias, conocimientos. Así nos hemos vuelto consumistas no solo de objetos, sino de afectos, vivencias, cursos, fiestas. Tragar, tragar, tragar esperando siempre un mejor bocado: la pareja ideal, el trabajo perfecto, los hijos soñados.
Basta visitar un mall para observar cómo los estímulos visuales y auditivos han aumentado a niveles, para muchos y especialmente para los niños pequeños, intolerables. ¿Cuál es la idea que hay detrás de esto? Una que aparece como lógica y muy nuestra: que mientras más ropaje y estímulos tengamos, más felices seremos.
Los sobreestímulos y la sobreactividad de la vida urbana nos está volviendo ciegos, sordos, insensibles. Tal como el drogadicto que ya no se conforma con una dosis y pide más y más, sin lograr, después de un tiempo, el efecto deseado. El gran espejismo consiste en pensar que el ser feliz depende de algo exterior, de algo que nos será dado desde fuera, y olvidar que la fuente de la felicidad está dentro de nosotros y tiene que ver con una actitud interior, de agradecimiento y bendición a lo que está siendo la vida en este momento, incluso en el dolor. La felicidad y el goce de vivir están relacionados con una entrega al momento, con una profundidad en la mirada y en el sentimiento que haga de cada instante de la vida un todo completo, integral. Requieren de dejar de consumir para comenzar a vivir. En cada momento está contenido el universo entero, en cada momento estoy toda yo, todo tú, con todas nuestras dimensiones y aspectos.
Urge bajar el ruido, volver a la simplicidad, acallar los deseos y entregarse a lo que es. Entonces nos daremos cuenta de que aquello que tanto buscábamos estuvo siempre allí.
